El texto explora las diversas formas de eutanasia, señalando que todas implican el acto de matar al paciente, perspectiva que el autor considera éticamente incorrecta. Se distingue entre la eutanasia activa, que implica una acción para causar la muerte, y la pasiva, que consiste en la omisión de cuidados mínimos. Conceptos como eutanasia voluntaria, suicidio asistido y eutanasia involuntaria se abordan en el análisis.
Se presenta una argumentación en contra de la eutanasia, refutando las justificaciones basadas en la autonomía del paciente y la supuesta insoportabilidad del dolor. Se defiende la idea de que el dolor puede manejarse adecuadamente con analgesia y cuidados paliativos.
El autor denuncia posibles motivaciones económicas detrás de las campañas pro eutanasia y destaca la distanasia como un intento de prolongar la vida a pesar de la falta de esperanza de curación, llamándola «ensañamiento terapéutico».
Se subraya la importancia de proporcionar cuidados ordinarios a los pacientes, incluyendo alimentación e hidratación, y se aboga por los cuidados paliativos como una forma de caridad desinteresada. La moralidad del uso de analgésicos, como la morfina, para aliviar el dolor, incluso con el riesgo de acortar la vida del paciente, se discute detenidamente.
En conclusión, se destaca que renunciar a tratamientos que prolongarían penosamente la vida es éticamente aceptable, siempre que se realice un juicio de proporcionalidad.