El autor aborda la eutanasia comparándola con la prevención del suicidio, subrayando la importancia de la empatía y la protección en este contexto. Argumenta que la vida posee un valor intrínseco que debe ser salvaguardado. Se cuestiona la propuesta de la eutanasia, ya que permitirla implicaría discriminar cuáles vidas son consideradas «dignas» de ayuda para poner fin a su sufrimiento. Se destaca el deber social de proporcionar alternativas y tratamientos humanos a los enfermos terminales en lugar de permitir la eutanasia, sugiriendo que esta práctica podría reducir la presión para buscar soluciones médicas innovadoras. La posición de la Asociación Médica Mundial en contra de la eutanasia se destaca, respaldando la idea de construir redes de apoyo en lugar de permitir que las personas elijan abandonar la vida. La reflexión concluye enfatizando la necesidad de promover la compasión y la atención médica adecuada, subrayando que, en lugar de facilitar la eutanasia, la sociedad debería centrarse en crear entornos de apoyo que aborden las necesidades emocionales y físicas de aquellos que enfrentan enfermedades terminales.
