La eutanasia, definida como la acción intencionada de provocar la muerte de una persona, ya sea por un acto positivo o la omisión de cuidados debidos, contrasta con la distanasia, que implica la prolongación innecesaria de la vida de alguien en estado terminal. La distinción entre «medios proporcionados» y «medios desproporcionados» ha reemplazado a la dicotomía anterior de «medios ordinarios» y «medios extraordinarios», adaptándose a los avances médicos actuales.
Se considera que los cuidados mínimos, como la alimentación, hidratación y cuidados básicos, son siempre proporcionados y no pueden ser renunciados. Los cuidados paliativos, que no curan, pero mejoran la calidad de vida, pueden ser proporcionados o desproporcionados según las circunstancias. Por otro lado, las medidas terapéuticas, que curan o mejoran al paciente, son evaluadas en términos de beneficio, riesgo y dificultad, determinando si son proporcionadas o desproporcionadas.
El juicio de proporcionalidad es esencial en este proceso, donde se pondera el beneficio esperado frente al costo. Si el beneficio supera el costo, la medida es proporcionada; de lo contrario, es desproporcionada. Este juicio evita la eutanasia pasiva o la obstinación terapéutica (distanasia).
En conclusión, la eutanasia y la distanasia plantean dilemas éticos y morales. La transparencia con el paciente, el acompañamiento humano y espiritual, y la búsqueda de sentido al sufrimiento son recomendaciones fundamentales para tomar decisiones informadas y responsables en estos casos complejos.